Amanda

Me llamo Amanda, soy de Valencia y tengo 25 años. En octubre de 2015 me mudé a Barcelona para empezar una nueva andadura profesional en el trabajo de mis sueños. Estaba nerviosa pero también muy ilusionada. 2015 había sido un año bastante malo porque, entre otras cosas, había estado muy enferma, así que sentía que por fin la vida me estaba recompensando de algún modo.

No obstante, en noviembre de ese mismo año, fui diagnosticada de linfoma de Hodgkin. Los relojes se pararon para mí aquélla tarde del 17 de noviembre, en la consulta del otorrino. “¿Cáncer, yo? No puede ser”, pensé. Había estado un año negándome las señales que me había estado mandando mi cuerpo, y preocupándome por otras muchas cosas que, vistas ahora, no tenían ningún tipo de importancia. De golpe y porrazo, tuve que darle al botón de “pause” a mi vida de veinteañera y aparcar mis sueños y mis metas para centrarme en la curación de una enfermedad que no acababa de asimilar. La inocencia se me fue junto con esa absurda sensación de inmortalidad que tenemos gran parte de los jóvenes.

Me gustaría decir que tardé poco en centrarme y en asumir mi situación, pero lo cierto es que me costó mucho. No fue hasta junio de 2016, cuando me dijeron que la primera línea de quimioterapia había fallado y que había que probar un nuevo tratamiento que culminaría en un autotrasplante de médula ósea, que me di cuenta de lo que verdaderamente me estaba sucediendo. ¡Siete meses después del diagnóstico! No está mal, ¿verdad?

Hoy en día, sigo luchando contra el linfoma, pero ya no tengo miedo. Confío en mi curación. Todos estos meses han estado plagados de pruebas médicas, incertidumbre, horas de hospital, goteros de quimioterapia, y todo un abanico de efectos secundarios de lo más variopinto, pero también han estado llenos de otras cosas muy buenas, que, sin el linfoma, quizá, no hubiera descubierto. Esta enfermedad me ha permitido darme cuenta de la importancia que tienen la familia y los amigos, así como conocer a gente maravillosa y re-conocer a gente que ya estaba en mi vida, dándome cuenta de que aquéllas personas que son capaces de empatizar contigo en tus momentos más difíciles son quienes merecen estar contigo cuando todo va bien. Igualmente me ha permitido aprender a relajarme, a reorganizar mi lista de prioridades, a vivir la vida con más intensidad, valorar más las pequeñas cosas, y ser menos egoísta. También me ha hecho darme cuenta de que, al final de esta vida, lo único que nos queda son los vínculos que formamos con las personas y las experiencias que vivimos, y que el resto es complementario. Asimismo, me ha enseñado a hacer más caso a lo que me pide mi cuerpo y mi mente, e, irónicamente, he mejorado mucho en autoestima… porque no hay mejor sentimiento que levantarte por la mañana el día después de la quimioterapia, sin un solo pelo en la cabeza, las cejas completamente despobladas, ojerosa, con la piel pálida y amarillenta, mirarte al espejo, sonreírte y ser capaz de decirte a ti misma: “¡mira que eres guapa!”

Al final, la quimioterapia se lleva muchas más cosas que el cáncer. Pero, aunque la mala noticia es que esta enfermedad es una de las pruebas de las que no podemos controlar en la lotería de la vida, hay una buena noticia, ¡y es que, una vez hecho el sorteo, sí podemos decidir qué hacer con ello! Así que si, como yo, estás pasando por esto, toca sentarse, hacer los deberes, reinventarse, poner tu mejor sonrisa, plantarle cara a la enfermedad y tratar de verle el lado positivo a todo esto. Tendrás tus días buenos y tus días malos, pero lo importante es no perder nunca la esperanza. Aférrate a las personas de tu alrededor que te quieren (te sorprenderás de ver cuantísimas hay), y a los buenos momentos que te brinde el día a día (te sorprenderá también ver que hay tantos, ¡sólo había que prestarles atención!).

Me gusta pensar que todo ocurre por alguna razón, y que las cosas malas de la vida no se van hasta que han terminado de enseñarnos todo lo que deben, así que quiero creer que después de todo esto, algo muy, muy bueno nos está esperando a todos. Dicen que “si la vida te da limones, haz limonada”, pero yo prefiero la versión mejorada “si la vida te la limones, haz un estofado y deja a todos boquiabiertos, preguntándose cómo lo has hecho”.

¡Siempre hacia delante, pues no hay otro camino!

Amanda

Webpage updated 09/21/2016 09:58:29