Anna

Ana es una chica de 27 años recién salida de la universidad con la carrera de diseño gráfico en el bolsillo. Sólo sabe ella el esfuerzo que ha hecho combinando los estudios con un trabajo de monitora de natación en la piscina municipal de su pueblo. Una chica muy deportista: baloncesto, pádel, natación ... y nunca con un "no" para nadie. Amiga de sus amigos y querida por su familia.

Su vida y la de los suyos cambió el 1 de julio de 2015 cuando le diagnosticaron una leucemia.

Ana es mi hermana.

Hacía meses que no se encontraba bien, y no sabían ver qué tenía. Dada la casualidad con el final de sus estudios tanto ella como nosotros pensábamos que le salía todo el cansancio acumulado, pero un fin de semana cogió una fuerte fiebre que no había manera de hacer bajar, lo que hizo que fuéramos a urgencias en el hospital donde después de muchas pruebas nos dieron la noticia.

La trasladaron al hospital Clínic de Barcelona y allí nos esperaba un mes de ingreso, con tratamiento y muchas incertidumbres.

Los médicos nos explicaron a la familia lo que estaba pasando, estábamos descolocados y perdidos. Nos dieron la información sobre la enfermedad y el tratamiento que le harían en su caso y nos dijeron que sería largo y duro pero que la curarían. Para empezar, durante el mes de julio le harían dos sesiones de quimioterapia con un periodo de reposo en el medio. Al comenzar el tratamiento controlaron la fiebre.

Ella estaba débil y lo único que pensaba era en curarse. Con mucha fuerza y ​​coraje fue saliendo adelante con todo lo que le iba viniendo. Y nosotros a su lado en todo momento; los padres, las hermanas y Luis, su pareja, nos íbamos combinando y no la dejábamos sola ni de noche ni de día.

Los médicos ya nos advirtieron de la pérdida de cabello 10 días después de la primera quimio. Con la ventaja de tener una hermana peluquera, comenzamos un proceso progresivo del corte de pelo. Ella llevaba una melena larga y por lo tanto el primer paso fue un corte por debajo de la oreja. Después de pocos días ya lo hicimos más cortito.

Estaba todo el día en la cama, ya que la quimioterapia le había afectado a los intestinos y le administraban la comida por el catéter, no se podía mover; cuando lo hacía sufría mucho daño.

Hacía calor, aunque tenía una habitación para ella sola con una ventana desde la que se podía ver la calle y la vida de los vecinos del bloque de pisos de delante y el aire acondicionado a todo trapo.

Iban pasando los días, los intestinos se fueron poniendo mejor y ya teníamos la primera sesión de 7 días de quimioterapia hecha. Se iba acercando el día en que comenzaría a caerle el pelo y Anna intentaba no dar importancia a algo que parece que no pero para una mujer puede tener mucha. Cada día que pasaba se iba tocando su cabello para ver si era ese el día que le quedaban en la mano.

Cuando llegó ese día me pidió que le pasara la máquina y le pasé el numero 3 dejando la parte de arriba algo más larga para no pasarle directamente el cero. Cuando me fui lo hice con el corazón encogido, sabía que no le gustaría.

Pasados ​​dos días tuvimos que pasarle al cero, ya que la caída se aceleró y le quedaban pelos pequeños en la cama y la ropa y le pinchaban.

Recuerdo que fue un momento duro para mí y para ella seguro que también. Intentamos hacerlo de una manera divertida y jugamos dejando una cresta antes de rapar por completo. Una vez tuvo la cabeza bien rapada, la miré a los ojos y la abracé: aunque notara que estaba enferma, estaba guapísima. Le resaltaban unos ojos grandes y verdes de mirada intensa y una cabeza redondita y bien definida nos hacía ver que le quedaba bien, lo que ella no apreciaba.

Ella tenía muy claro que no quería llevar peluca y entre todos estuvimos buscando pañuelos, turbantes, gorros... Visitamos un montón de tiendas buscando cosas que le pudieran gustar, por Internet, catálogos... Después de probar algunas opciones decidió que para estar en el hospital iría sin nada, con la cabeza pelada.

Una vez recuperada de la sesión de quimioterapia, el día 1 de agosto la dejaron marchar una semanita a casa. Salió del hospital con una gorra negra con visera que era muy su estilo casual.

Después de unos días en casa disfrutando de la libertad, el pueblo, la familia y los amigos volvió a ingresar cinco días en el Clínic para hacer otra sesión de quimioterapia, esta vez más suave. Cuando pasaron estos días se instaló en el piso de una prima en Barcelona, ​​ya que tenía que estar cerca del hospital. Se marchó con una riñonera que le iba suministrando el medicamento y cada día recibía la visita de una enfermera que lo recargaba.

Los días iban pasando y ella todavía muy débil iba encontrándose mejor, podía salir a la calle a caminar un poco... siempre vigilando de no ir a lugares donde hubiera mucha gente.

Al final del verano nos dijeron que había que hacer trasplante de médula, lo que ya sabíamos que tarde o temprano necesitaba, pero que no podíamos esperar mucho.

Estuvieron buscando donante 100% compatible en el banco de donantes mundial, pero de 25 millones de donantes no hubo suerte. Por lo tanto, la otra opción era el donante emparentado. Nos habían hecho las pruebas a las dos hermanas y los padres. La casualidad es que la hermana pequeña y yo somos 100% compatibles, pero con Anna, que es la hermana del medio, tenemos un poco más de un 50%.

Por suerte la investigación de la leucemia ha avanzado mucho, mucha parte gracias a la Fundación Josep Carreras, y hace unos años están haciendo trasplantes con mucho éxito de donantes que no son 100% compatibles.

Por lo tanto, estudiaron el caso y decidieron que la mejor donante para Anna era la María, la hermana pequeña.

Empezaron a hacer todo tipo de pruebas a María y cuando comprobaron que estaba perfectamente bien de salud le hicieron la extracción.

Para María era una satisfacción muy grande poder formar parte de salvar la vida de su hermana.

Durante aquel tiempo Ana había podido estar en su casa y le había empezado a crecer el pelo, después de haberle afeitado con Gillette varias veces porque tenía manchas.

El día 1 de noviembre volvió a ingresar en el hospital Clínic, esta vez en una habitación aislada, sin ventana y con dos puertas de cristal que para poder entrar primero abría una y una vez cerrada se abría la otra. Una cama, un sillón para el acompañante, una tele, una pila casi pegada la cama y un mini lavabo donde estaba el inodoro y una ducha que encontrabas solo abrir la puerta corredera.

Esta vez no podíamos quedarnos durante la noche, así que alargábamos las tardes y nos despedíamos de ella a través del cristal mandándole un beso y deseándole buenas noches. Aunque marchábamos con pesar, sabíamos que estaba en buenas manos, que enfermeros y auxiliares la cuidarían con mucho amor.

Le colocaron el catéter para realizar el trasplante con la mala suerte que le provocaron un neumotórax en el proceso. Estuvo dos semanas para curarse y poder empezar la quimioterapia y radioterapia que le tenían que hacer antes del trasplante.

Con la quimio le volvió a caer el pelo, los dos centímetros que le habían crecido los tuvimos que volver a rapar, pero esta vez fue diferente, tanto para ella como para mí ya se había convertido en algo normal.

Llegó el día que estaba preparada para recibir la médula de María. La prepararon en la misma habitación y le conectaron una bolsa de un color amarillento que le iba entrando por el mismo catéter.

A partir de ese momento sólo podía haber una persona en la habitación con ella y antes de entrar había que desinfectar las manos y ponerse una mascarilla.

Los primeros días se encontraba bastante bien, hasta que un buen día se paralizó de un dolor muy fuerte en la parte superior del tronco, no se podía mover de la cama del dolor que sentía, se nos rompía el corazón verla pasar por estos momentos de tanto dolor. Una pericarditis aguda. Algo "normal" de los efectos de la quimio.

Cuando estuvo mejor, la dejaban ir a caminar por la planta de abajo donde había un largo pasillo en forma de "u", del que ella ya tenía los quilómetros calculados dependiendo de las "us" que caminaba junto a su compañero y un palo del que había una o más máquinas enchufadas que no dejaban de pasarle medicamento.

Lo que le habían hecho era algo muy serio, incluso le cambió el grupo sanguíneo. Le habían hecho un reset de su cuerpo y ahora era como un bebé con las mismas defensas que tienen éstos cuando nacen.

Anna había vuelto a nacer.

Después de pasar 41 días en aquella habitación que lo más parecido a la luz del sol era lo que podía ver en una gran foto de un paisaje que había en la pared que se iluminaba cuando encendías un interruptor, los quilómetros hechos en aquel largo pasillo y las horas pasadas en la salita siempre llena de amigos y familiares, le dieron el alta.

Esta vez nos instalamos en un piso que nos dejaron en la Bonanova y allí intentamos crear un ambiente acogedor y familiar para que Anna se sintiera bien. Ahora unos, ahora los otros, siempre estaba acompañada.

Allí pasamos las fiestas de Navidad y a finales de enero ya la volvíamos a tener en el pueblo donde ella necesitaba estar para estar mejor.

Le habían detectado el citomegalovirus y le ponían un medicamento cada día hasta que para poder ser más libre aprendió a administrárselo ella misma.

Durante meses tuvo que aguantar muchos viajes a Barcelona, ​​muchas horas de espera que se hacían eternas, muchas bolsas de sangre, de plaquetas y todo un largo etc. que sólo ella sabe.

Cuando tuvieron el virus controlado todo cambió, le quitaron la PIC que llevaba en el brazo y el medicamento se lo podía tomar oral, junto con todas las otras pastillas que poco a poco le iban reduciendo. Ahora era libre.

Actualmente hace 6 meses del trasplante de médula y podemos decir que Anna está bien. Aun recuperándose, pero poco a poco comienza a rehacer su vida: va a la piscina, hacemos yoga, camina ...

Quiero dar las gracias a toda la gente; familia, amigos, conocidos, no conocidos, compañeros ... por todo el apoyo que nos habéis dado a nosotros y sobre todo a Anna. Ella nos ha demostrado día tras día que es una gran luchadora, una persona llena de fuerza y ​​sobre todo con muchas ganas de vivir.

Gracias a la gente que se ha hecho donante de médula con la esperanza de ser compatibles con Anna, no ha podido ser, pero si un día tenéis la suerte de poder salvar una vida seguro que será lo más bonito que habréis hecho nunca.

Así es como una vida llena de salud, proyectos, ilusiones, sueños, objetivos ... un buen día se ve golpeada por un fenómeno llamado cáncer.

Esta historia es un pequeño recuerdo de lo que hemos vivido durante esta etapa de nuestras vidas, un trastorno que por desgracia pasa a muchas familias de todo el mundo. De esta experiencia he podido afirmar el amor incondicional por mis hermanas. A pesar de la pena, rabia y sufrimiento vivido este tiempo, hemos sacado algo positivo y es la unidad y la fuerza de toda una familia.

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