Esteban

Hola,  soy Maricela Banchero, tengo 23 años y soy de Concordia (Entre Ríos, Argentina). Tuve la dicha de ser mamá  gracias a Esteban Bautista Banchero, un bebé hermoso y muy sano. Un gordito travieso al que le gustaba jugar con su pelota y sus autos. Sus días fueron de plena felicidad hasta sus 2 años y 5 meses, tiempo fatídico en que comenzaría toda la pesadilla posterior.

Una extraña fiebre y un inaudito dolor de piernas lo aquejaban. Pasaron varios días y él seguía igual. Consultamos a distintos médicos y ninguno supo decirnos con certeza qué era lo que tenía Esteban. Es así como llegó la internación. Estuvimos en dos hospitales de nuestra provincia, en los cuales no detectaron lo que producía ese doloroso estado. La fiebre seguía, y la angustia de no saber qué le  pasaba iba en aumento, principalmente  porque el tiempo transcurría y a él se le veía cada vez peor. Sospechábamos que algo grave había, por lo que insistíamos en que nos dieran un diagnóstico con urgencia.

Tiempo después,  lo derivaron al Hospital Garrahan de la provincia de Buenos Aires. No dudamos ni un segundo y partimos hasta allí con la esperanza de encontrar una respuesta. Así fue como al tercer día de internación, luego de muchos estudios, tuve que escuchar lo que ninguna madre quisiera oír. Me llevaron a una sala, con varios médicos. Esteban había quedado con sus abuelos en su habitación. Al ingresar al lugar  donde estaban los especialistas y con el solo hecho de observar sus miradas, presumí que algo malo me iban a comunicar. Me informan que “al fin” tenían un diagnóstico acerca de lo que le pasaba a mi bebé: “mamá, tu bebé tiene leucemia (leucemia mieloide aguda)”. Esas palabras me decían lo que tenía, que era lo que yo quería saber, pero no lo que yo quería escuchar. Fue algo tan duro, un golpe seco a mi corazón. Miles de ideas vagaban por mi cabeza, no lograba entender ni mucho menos aceptar esa realidad. Pensaba en su tratamiento, en lo doloroso y  duro que iba a ser… Y así fue como un 2 de marzo del año 2013 comenzamos a luchar con Esteban por un día más, un minuto más de vida.

En el transcurso del tratamiento tuvo momentos muy difíciles, como era de esperar, pero buenos también ya que,  a pesar de la  penosa situación en la que se encontraba, él no dejaba de poner toda su voluntad para que el tratamiento se llevara a cabo. Es terrible ver a tu hijo, a tu niño adorado, con tan solo 2 años de edad, pasar sus días en la habitación de en un hospital cuando debía simplemente estar jugando, siendo feliz como cualquier niño desea y merece.

Seguíamos adelante  con la  firme idea de que esto se iba a terminar en algún momento y que él volvería con sus juguetes, esperando que los días pasaran lo más rápido posible, pues para colmo estábamos a 450 km de nuestra casa. Cuando recibíamos visitas, él se alegraba y verlo contento jugando con sus tíos y abuelos me animaba, me llenaba de felicidad, al menos por esas horas. Así transitaban los días, los meses, con altibajos, pero con buenos pronósticos. Era tan difícil e increíble ver cómo soportaba tantos pinchazos, tantos remedios y sin negarse a nada de lo que los médicos o enfermeras ordenaban… Me sentía orgullosa como madre. Ver su voluntad inquebrantable me daba fuerzas a mí para seguir acompañándolo y haciendo todo lo que me indicaban. 

Pasaron 7 meses de llantos, de risas... pero con cierta tranquilidad de que el tratamiento iba resultando. Pero esta mínima felicidad no permanecería por más tiempo. Cierto día, Esteban se levantó y al tocarlo noté aquella rara temperatura en su cuerpo. Nuevamente aparecía la fiebre. Por su patología sabíamos que eso no era nada bueno. De inmediato nos fuimos al hospital Garrahan. Otra vez debieron someterlo a una serie de estudios, que ya conocíamos, por lo que un frío envolvía mi alma. Presentía que nada bueno ocurría. Casi como la vez anterior, los mismos médicos me llevaron nuevamente a aquella sala, para decirme lo que estaba pasando. Mi cara reflejaba pesadumbre y mi cabeza no paraba: "esto ya lo pasé", me decía una y otra vez. Luego escuché las palabras que desgarraron mi corazón: “mamá, a Esteban le volvió la enfermedad”. Qué horrendo, me acababan de decir lo que no esperaba oír de ninguna manera. Rompí en llanto y enseguida pregunté cómo seguíamos. Nadie me iba a detener, lucharía hasta el último instante de mi vida por el bienestar de mi bebé. Entonces, la médica que se encargaba particularmente de Esteban me miró y me repitió lo que mis oídos se negaban a percibir: “mamá,  hasta acá llegó la medicina, no se sigue...”. Escucharla fue muy perturbador para mí. No se lo deseo a nadie. Millones de cosas pasaron por mi cabeza.

Después de llorar amargamente y asimilar  de alguna manera la cruel realidad, tomé una decisión. Lo traje a nuestra casa y me propuse hacerlo feliz; que disfrutara con sus tíos -Melissa (17 años) y Axel (14 años)-  y  sus abuelos -mi mamá (41 años) y mi papá (43 años)- el tiempo que le quedaba. Y, a pesar del dolor que debía soportar constantemente, creo que fue feliz.

Le dimos todo lo que pudimos ofrecerle y hasta lo imposible si era necesario, especialmente lo llenamos de amor y mañas. Lo acompañamos, lo sostuvimos de su manito y nos esmeramos en que fuera feliz. Eso es lo que nos queda a mí y a mi familia, lo que nos ayudó a encontrar paz en nuestras almas. Esos días fueron espantosos. No sabíamos si al otro día él se despertaría, por lo que ya ni siquiera queríamos dormir. Deseábamos compartir con él todo el tiempo que podíamos, pues sabíamos que en cualquier momento se podría dormir para siempre. Esto fue así hasta aquel sombrío 26 de enero del 2014, el día más triste de nuestras vidas, día en que Esteban Bautista partió para siempre. Él eligió irse en mi regazo, se fue en mis brazos, mirándome a la cara, despidiéndose de mí con mucho amor sin decirme nada.

Lo que nos ayudó a seguir adelante, a encontrarle un sentido a nuestras vidas, fue pensar que ya no sufría más, que por fin descansaba en paz. Que ya no había pinchazos ni dolores que tolerar. Y hoy digo: “Sí, mi hijo tuvo cáncer/leucemia” y, con mayor orgullo aún, expreso: “Esteban la peleó con la valentía de un grande y la peleamos juntos,  pero quien ponía su cuerpo era él”. Y eso me llena de satisfacción, pues por más que la enfermedad le haya ganado, él dio todo con apenas 3 años de edad. Cómo no estar orgullosa de un hijo tan valiente como él.

Así como mi historia, como la de mi hijo,  hay centenares  más. Hay  muchos niños luchando día a día, minuto a minuto con esta cruel enfermedad. Por eso es muy importante  que se realicen donaciones de médula. El número de donantes debe ir en incremento. No duele, no cuesta nada, solo un minuto de tu tiempo. En este mismo instante  hay niños que están a la espera de su alma gemela, de su donante. Ellos ya hacen el trabajo pesado: ponen su cuerpo, soportan el dolor y el duro tratamiento. No los dejen solos en este arduo camino, colaboren para que sus vidas no se detengan. Depende de ustedes que su lucha y su sufrimiento no sean en vano.

Webpage updated 08/24/2016 13:21:06