Joaquín

Era un 3 de septiembre del año 2007. Después de pasar un fin de semana en casa de mis padres, en el norte de Perú, llegamos a Lima. Mi único hijo, Joaquín, llevaba algunos días con algo de catarro y fiebre. Le llevé a su pediatra habitual quien, después de hacerle una radiografía, me indicó que necesitaba ingresarlo pues veía algo raro en los pulmones que podía ser un edema pulmonar. Esa noche nos quedamos en la clínica sospechando que algo pasaba pero nunca pensé en lo que realmente le sucedía a Joaquín. A la mañana siguiente pusieron un cartelito en la puerta de la habitación que decía “Aislado” o algo así. Después de hacerle un TAC el médico comprobó sus sospechas y entonces recibí la triste noticia leucemia linfoblástica aguda de alto riesgo. Sentí que el mundo se me venia abajo, no me lo podía creer, ¿por qué a mi hijo? Enloquecí.

Tuvimos que ser trasladados a un hospital local para que recibiera el tratamiento. Llegamos al hospital y en un principio me negué a ingresar en la habitación, me costaba aceptar leer el letrero de la puerta: “UNIDAD DE ONCOLOGIA Y  HEMATOLOGIA”,  ver a los niños sin cabello y a los familiares que acompañaban con batas blancas y mascarillas; era demasiado para mí. Recuerdo que la jefa de enfermeras trató de darme ánimo diciéndome que de alguna forma era afortunada porque tenía a mi familia a mi lado, que había muchos pacientes que eran del interior del país y estaban solos. Palabras que comprendí por completo años más tarde cuando me alejé de mi país. Recuerdo cuantos amaneceres me pasé en una silla de hospital cuidando de Joaquín. Era despertar y pensar: Esto no es verdad, no puedo estar aquí, esto tiene que ser una pesadilla. Cada pinchazo, cada punción, cada dolor de mi pequeño, era muy atormentador.  

Es muy  difícil ver a un niño acostumbrado a dar paseos, viajar, ir a la escuela, practicar natación, karate… encerrado, de la noche a la mañana, en cuatro paredes. Atado a un cable día y noche, viendo y viviendo los últimos momentos de otros. Qué duro ver la transformación física que sufren, los vuelven casi irreconocibles.

Después de algunos días de llorar amargamente, recobré la fe. Me levanté y decidí plantarle cara a la enfermedad. Dios me dio fuerzas y decidí luchar junto a mi pequeño de 4 años y medio, contra viento y marea. El inicio del tratamiento se retrasó algunos días por algunas complicaciones que tuvo, tiempo que aproveché para buscar otras alternativas de curación puesto que, hasta ese momento, era incrédula de la quimioterapia por sus efectos adversos. Finalmente Joaquín empezó con el tratamiento.

Fueron largos ingresos en el hospital, el primero de ellos de 50 días continuos, mucha quimioterapia, en forma oral, intravenosa, intramuscular, intratecal, punciones lumbares,  analíticas  de sangre día si, día no, trasfusiones de sangre y plaquetas para paliar los efectos de la quimio, complicaciones, una neumonía, una quimio que le dio reacción y conllevó a terribles dolores de cabeza y fiebre alta, grandes dudas, grandes temores… Y como si esto fuera poco, tuvimos que buscar desesperadamente donantes de sangre y de plaquetas. Pero mi pequeño luchador  salió de todo esto. Agradezco infinitamente a mi familia que siempre me apoyó, especialmente a mi hermana Edith, que cuidó de mi hijo como si fuera el suyo y fue, incluso en la distancia, mi paño de lágrimas. 

En julio de 2008 Joaquín y yo llegamos a España para un trasplante de médula ósea. Después de muchas pruebas los médicos decidieron que no se le practicaría el trasplante porque no era el momento y continuaría con quimioterapia de mantenimiento hasta completar los 2 años.

El 20 de noviembre de 2009, el día que acababa con la quimioterapia de mantenimiento y comenzaba una etapa mejor, le hicieron algunas pruebas de rutina. Nada más llegar a casa, recibí una llamada telefónica para darme por segunda vez la triste noticia. Joaquín había recaído. Dios qué dolor, ¿qué hacer?  ¿Cómo contarle a Joaquín lo que sucedería? Además, esta vez, me encontraba fuera de mi país y sin familia. El mundo se me vino abajo nuevamente pero MI CAMPEÓN, como yo le llamo, sorprendentemente me levantó el ánimo. Aunque trataba de ocultarle mi dolor, él lo sentía y atinó a decirme: “Mamá, no hay problema. Ahora sí me harán el trasplante y nos volveremos a Perú.” Esas palabras, esa valentía me dieron fuerza a seguir luchando con él. No podía decaer. Él me necesitaba y yo tenía que apoyarle. Fueron 5 meses de quimioterapia, ingresos y salidas del hospital, nuevamente trasfusiones de sangre y plaquetas y muchas pero muchas ganas de vivir. Él nunca perdió el ánimo y siempre tenía ganas de jugar, de leer, de pintar y hasta de bailar. Aún con los efectos de la quimioterapia, siempre encontraba un momento de mejor ánimo para hacerme bailar en la habitación del hospital.

Finalmente, después de mucha quimioterapia, el 20 de abril de 2010 le realizaron el autotrasplante de médula ósea, al cual reaccionó de forma estupenda y, en sólo 10 días post-trasplante, nos enviaron a casa.

Actualmente él se encuentra muy bien, viviendo intensamente. Es lo que hemos aprendido, a vivir intensamente día a día, disfrutando cada momento por muy simple que parezca, como llevarle al colegio, dar un paseo, ver como juega con sus amigos, etc. Me hace muy feliz.

Doy gracias a Dios profundamente por permitirme disfrutar de la compañía de Joaquín,  por darnos una segunda oportunidad y también por habernos permitido conocer a muchas personas maravillosas, pues siempre y en todo lugar, siempre tuvimos una mano amiga en la cual apoyarnos.

Agradecer infinitamente al personal de la cuarta planta del Hospital Virgen del Camino, a los médicos y enfermeras que hacían jugar y reír a mi pequeño, a las profesoras que con su paciencia y cariño le daban las clases y le hacían pasar buenos ratos y, como no, a las voluntarios de ADANO que le entretenían y me permitían despejarme por algunos momentos.

En este testimonio menciono muchas  cosas  tristes y negativas y, aunque ahora las recuerde porque sucedieron, las tengo muy alejadas de mis pensamientos.

Nuestro deseo es solicitar a la gente que colaboren donando sangre y médula ósea para que se puedan salvar muchísimas vidas de seres que merecen una segunda oportunidad. Así mismo, para los padres que en estos momentos estén pasando por lo mismo, que este testimonio les sirva de energía positiva, les dé fuerzas para seguir en la lucha porque, aunque parezca imposible, todo pasa y llegarán tiempos mejores.

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