Laura Almendros

Esta era yo apenas hace cuatro años y el folleto que veis es de mi colaboración con el proyecto Valora la vida, organizado por la Fundación Josep Carreras contra la leucemia en junio de 2012, donde participé con otros compañeros para difundir la enorme labor que realiza esta institución y la importancia de la donación de médula ósea.

Mi historia de corredora comenzó -tal vez- desde que me diagnosticaron una Leucemia Mieloide Aguda en abril de 2009. Y es que superar un cáncer tiene similitudes con correr una carrera... siempre comienzas con el miedo a no poder llegar a la meta, a tener que abandonar, a no poder superarlo, a no ser capaz, a no tener las fuerzas o simplemente, a no estar preparada.

Una vez me diagnosticaron, inicié los ciclos de quimioterapia y posteriormente, el 28 de agosto de 2009 me sometí a un trasplante de médula ósea de mi hermano. Fue complicado, aunque le agradezco a la vida haber pasado por eso y seguir viva, pues mi calidad de vida hoy es mucho mejor.

Como les dije, hay una gran semejanza entre la superación de un cáncer y una carrera, así que hoy prefiero contarles como fue mi primer medio maratón y sabrán un poco más como ha sido mi viaje a través de una enfermedad devastadora, pero que a día de hoy es considerada curable. En diciembre de 2012, Ale, una amiga muy especial ahora y que en aquel momento era más bien mi vecina, me invitó a una carrera de 3 kilómetros que organizaban en la ciudad de Colima, México, donde vivo desde hace más de nueve años. Yo le dije que era imposible que corriese ni siquiera hasta la esquina, pero me inscribí.

Durante esos tres kilómetros, que no tengo ni idea de en cuanto tiempo los recorrí, me sentí fantástica. Era una sensación de libertad con esfuerzo, con logro, con coraje a ratos... No sé, me emocionó mucho cruzar la meta y ese día no tenía ni idea de lo que haría, pero me quedó la adrenalina suficiente para llegar al día de hoy. Siguieron otras dos carreras de 3 kilómetros y Ale y yo nos inscribimos a una carrera de 5 kilómetros en Guadalajara (México). Involucraba algo más, ya que ¿Viajar únicamente para correr? ¿A quién se le ocurre? Eso sólo lo hacen los profesionales, o eso creía yo...Ahora entiendo que lo hacen las personas con valor, las personas con ilusión y con ganas de que su vida sea mejor. Personas que se respetan y se valoran.

Corrimos esos 5 kilómetros y fueron geniales. Para entonces yo ya sentía que había algo diferente en mi vida, en mi interior, pero también en mi cuerpo y mi físico. ¿Era adicta a correr? ¡Increíble! Lo había escuchado, pero no creía que fuese cierto. Sentía que era un mito inventado seguramente por algún loco, pero ahora me daba cuenta que era real y me había pasado a mí. Así empecé a querer correr todos los días y tal vez a soñar con correr algún día 10K.

En el inter fui al doctor, a una de mis revisiones, y le comenté que corría, con la inquietud de saber si estaba bien o no, si me podía afectar o si era recomendable en mi situación. Me dijo que mientras no fuera un maratón no había ningún inconveniente. Lo más que quiero hacer algún día es correr 10 kilómetros. Ilusa... no contaba con que estaba completamente "enganchada" a correr. Así fue como me encontré con Miguel y empezamos a entrenar juntos. Recuerdo que cuando lo conocí me mencionó que su objetivo era correr el Medio Maratón de Atlas en Guadalajara, tal y como lo había hecho ya alguna vez en su vida. ¡Uf! ¿A quién se le ocurre correr tanto? Así fue como empecé con una rutina más fuerte y tal vez al igual que hice durante la enfermedad, confié en que mi entrenador, como los médicos que me atendieron, sabían lo que hacían y yo únicamente debía tener la voluntad y la disciplina para hacer lo que ellos me decían.

Claro que recuerdo esos entrenamientos y lo difícil que fue quitarme la frase tan arraigada en mí de no voy a poder, también en la enfermedad fue algo que saqué de mi mente, intenté tener una actitud y un pensamiento positivo, hacer todo lo posible y si no lo conseguía pues, en el caso de la carrera, habría otra oportunidad. Recuerdo cuando rebasamos los 10 kilómetros entrenando y yo no daba crédito que mi cuerpo, el cual apenas cuatro años atrás no podía hacer otra cosa más que estar en una cama de hospital, ahora me llevara a sentir tal emoción y libertad, a sentir que estaba viva de nuevo. Al final nos inscribimos al medio maratón, pero sinceramente, ¡yo sólo pensaba correr 15 kilómetros como mucho!

En este tiempo me realicé otra revisión y todos los niveles se encontraban bien en general, aunque yo no dejaba de tener algo de miedo, o más bien mucho, pensando si no estaba forzando demasiado a mi cuerpo, pensando que tal vez debería quedarme en casa y tener una vida más tranquila después de una enfermedad tan fuerte y más aún después del trasplante, pero seguí corriendo porque me hacía muy feliz. Entonces, también me di cuenta de algo: mi vida empezó a cambiar con cada kilómetro que corría. Quería comer más sano, era más organizada, dormía mejor, tenía menos preocupaciones y en definitiva era más feliz. Claro que también me sentía más fuerte. Tal vez, ese es uno de los aspectos que más valoro de hacer ejercicio: volver a sentirme fuerte e independiente, ya que en una enfermedad tan grave te sientes realmente frágil y débil.

Llegó el día de la carrera, el 1 de septiembre de 2013, y yo seguía con la idea de los 15 kilómetros como un gran logro, al mismo tiempo mi coach seguía con la idea de que yo podía terminar. Así comenzó algo que de nuevo cambiaría mi vida: una carrera que duró 21 kilómetros, 2 horas y 43 minutos, a lo largo de los cuales pasé por todas las etapas que viví con la enfermedad. Al inicio vi que mi respiración estaba acelerada, me costó empezar y veía a Miguel con un ritmo que yo no me veía con ánimos de seguir porque no acabaría, así que le pedí que se adelantara. Corremos juntos, pero cada quien lleva en su corazón un por qué, un motivo, algo que demostrar o demostrarse, algo que superar.

Ahí estaba yo, sola. Sentí que todo el mundo corría más que yo. Pensaba: hay gente mayor que tú y te adelantan. En ese momento me di cuenta que esa carrera no era con o contra  los demás, sino que esa carrera era conmigo misma, estaba sola, tenía que darme cuenta que corría yo sola, y llegar a la meta sería algo para mí. Pasé por tantas sensaciones desde el miedo a no llegar, hasta la frustración de sentir el dolor de no haber controlado bien la respiración, justo en ese momento, en el kilómetro 8 sentí que ya no podría seguir, entonces caminé unos metros intentando respirar y como si la vida me hubiera puesto ahí a un señor que me dijo: respira profundo, cálmate, tú lo puedes conseguir.

Seguí corriendo y pensando en llegar a 10 kilómetros y parar, caminar el resto, pero de repente iba pasando kilómetros y aunque muy lenta veía que podía seguir y sentía escalofríos de emoción, ganas de llorar a cada kilómetro. Veía a la gente que corría, y sobre todo, a los que salían de sus casas a animarnos ¡Qué gente tan valiosa! Si se dieran cuenta de lo que sus gritos de ánimo pueden hacer en alguien que está superando una prueba. Con el cáncer es lo mismo, hay mucha gente alrededor tuyo ayudando, apoyando y generan en ti una necesidad de demostrar que sí puedes y que no es en vano toda su ayuda. Sin embargo, hay que pararse a pensar en lo que generan las personas enfermas a su alrededor, de la misma manera que los corredores son un ejemplo de fortaleza, de ganas de superación, un ejemplo de vida que modifica en algo al ser que te observa y en el cual estás generando un pequeño gran cambio de cómo concebir la vida.

Recuerdo que llegué al kilómetro 15 y las palabras de mi amiga Ale, que me acompañó a la carrera, retumbaron en mi cabeza, si rebasas los 15 kilómetros eres una campeona. Así llegué a los 16, y decidí que también vale darte la oportunidad de mostrar debilidad a veces, en mi caso era simplemente caminar un kilómetro, mentalmente fue más difícil para mí convencerme de lo bueno que es saberse débil a veces y no tener miedo a demostrarlo ¿Qué pensarían las personas que me veían caminar? ¿Dirían que me había dado por vencida? No, seguramente pensaban que tenía mucho valor por mostrar que a pesar de que me sentía cansada no abandonaba, únicamente hacía una pequeña pausa para recuperarme y seguir con fuerza. Me hidraté durante un kilómetro y al llegar al kilómetro 17 volví a correr, y lo seguí haciendo hasta la meta, en esos últimos kilómetros bajé la cabeza alguna vez, pero sabía que había pasado lo peor, que ahora sólo era mantener el ritmo y llegar, correr casi por inercia, y pasar la meta.

Recordé mucho a todas y cada una de las personas que me ayudaron en esos momentos tan difíciles: a mi hermano que además de su médula, me dio su apoyo constante durante todo el proceso de cáncer, cuidándome cada día; a mi madre y mi familia que cuidaron lo más importante, mis hijos. A ellos también los recordé, mi gran fuerza para seguir adelante y verlos crecer, y por supuesto en lo contentos que se pondrían cuando vieran la medalla. Cómo no, recordé a Vicky y a Desireé, nunca abandonaron la carrera, pero no pudieron llegar a la meta. Son ejemplo para que los demás lo hagamos cada día: llegar a la meta de vivir un día más y, sobre todo, vivirlo de forma plena, convencidos de ser felices con lo que hacemos.

Muchas son las cosas que han cambiado mi vida a lo largo de 38 años, y sin duda una importante que me convierte en un ser más feliz es haber superado otra prueba más. Haberme demostrado a mí misma que no debo tener miedo a vivir y a sentirme viva corriendo. Esa es mi historia, gracias a todos los que la han hecho posible y gracias vosotros por leerla.

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