Mario

Todo comenzó el 21 de noviembre de 2008, fecha que se quedó grabada con lágrimas en mi corazón. Me acuerdo perfectamente porque justo hacía dos semanas que mi madre había muerto y la acompañé hasta las puertas del cielo.

Mario, mi segundo hijo, que en ese momento tenía 4 años, no se encontraba bien y lo llevé al hospital. Sin saberlo, tenía muchas alarmas en su cuerpecito de una leucemia.

Nada más llegar, le hicieron una analítica urgente en Tudela. Tras varias divagaciones del médico, intentando dar la noticia lo más suave posible, apareció la palabra: leucemia linfoblástica aguda.

Un grito terrorífico, lágrimas que no tienen consuelo... Sentí que me rompían el corazón. Pero mis lágrimas acabaron en el momento que bajé mi mirada y vi a mi hijo Mario llorando por ver la reacción de su madre. Le miré, le abracé y le calmé porque vi que se le estaba derrumbando su pilar más fuerte. No quedaba otra que secar lágrimas, sacar fuerzas de donde no las había y sonreír, poniendo rumbo al Hospital Virgen del Camino (Pamplona). Sí, no quedaba otra que sonreír ante la adversidad que nos daba la vida, calmarle, tranquilizarle, besarle, abrazarle... con cada químio, con cada pinchazo, con cada punción, con cada dolor.

Nada más entrar en la planta oncológica mientras esperábamos para el ingreso, miré a mi alrededor y ahí estaba, un cartel que decía: Yo tengo cáncer, mi mamá tiene cáncer, mi hermana tiene cáncer, mi tía tiene cáncer... Cuando ya llevábamos los primeros días ingresados, me vino a la cabeza aquel cartel que seguía estando en cada ingreso y, entonces, es cuando me di cuenta de que la vida se había parado, no sólo para Mario, sino para todos los que estábamos con él. Incluso para los que no vivían con él porque a su hermana Sara de 6 años la tuve que dejar con mi hermana y conllevó otro cambio de vida para toda la familia.

En Pamplona, como en otros hospitales, me di cuenta de que hay mucha gente que, sin pedir nada a cambio, se organizan para hacer mas llevaderos los días en el hospital. Le dieron clases a Mario y a los demás niños ingresados. Si él no tenía ganas de ir o estaba aislado en su habitación por las defensas bajas, venían las profesoras a la habitación y le daban su curso ahí. Luego estaban las asociaciones como Adano, que te apoyaban, te consolaban, te ayudaban y te traían a los voluntarios para que jugaran con los niños y los padres pudiésemos tomarnos un respiro. Hice del hospital y de las casas de acogida de la AECC, mi segunda casa. Sin quererlo me volví nómada.

Tras dos años de tratamiento, en diciembre de 2010, a Mario le dieron la remisión completa. Todo fue felicidad y alegría. Me costó volver a poner la vida normal en marcha, ya que el cansancio psicológico que acarreaba de esos dos años era enorme.

En julio de 2011, cuando Mario tenía 7 años recién cumplidos y, tras 8 meses de remisión completa, me di cuenta de que algo no marchaba bien. Directamente llamé a Pamplona y le hice sentir mis temores, mis miedos y les pedí que nos adelantaran la revisión que iba a ser dentro de mes y medio.

Ya en Pamplona, esperando resultados, no me lo quise creer hasta que me hicieron pasar al box y me dijeron: "Mario no esta bien, Mario esta muy mal, el 90% de su cuerpo está lleno de blastos. Tiene algunos órganos muy hinchados. Hay que empezar con el tratamiento de quimio, esta vez más agresivo y ver cómo responde. Si todo va bien, sí o sí, hay que hacerle un trasplante de medula ósea."

Mientras Mario estaba de nuevo con las consecuencias de la quimio, los padres y su hermana nos hicimos las pruebas de compatibilidad. Tras varias semanas nos dijeron que no éramos compatibles y que el tipaje de Mario ya estaba enviado a REDMO (Fundación Josep Carreras).

Para concienciar sobre la donación de médula ósea, organizaron un acto muy emotivo con una suelta de 1.500 globos rojos. Ahí nos dimos cuenta de la solidaridad de la gente y el cariño que nos tienen. Mucha gente de Pamplona y Tudela acudió a hacerse donante de médula ósea.

De la búsqueda de REDMO, salieron dos donantes, un alemán y un israelí, y se decantaron por el alemán.

En enero de 2012, pusimos rumbo a Madrid, nuestra última esperanza para Mario. Tras la puesta a cero de su médula, el 2 de Febrero de 2012 le hicieron el trasplante de medula ósea del donante alemán. Nuestra alegría era inmensa. Estábamos pletóricos de felicidad. Alguien anónimo en un acto altruista le daba la oportunidad a mi hijo de seguir viviendo.

Por fin llegó el resultado de la quimera, a ver cuánto había del donante alemán en el cuerpo de Mario... 90%, bueno no estaba mal. Mejor hubiera sido el 100% pero tenía más posibilidades de ganar esta batalla el alemán, ya que a Mario sólo le quedaba un 10%.

Pasaban las semanas y las defensas de Mario no subían, algo no iba bien. Llegaron los nuevos resultado de la quimera y los oncólogos nos dijeron lo que no queríamos oír: hay que hacer otro trasplante de médula a Mario, los linfocitos de Mario han ganado al donante y vuelve a ser 100% Mario.

Nos dijeron que cuando pasaba esto cogían la médula de la madre, compatible al 50%. Mi donación de medula ósea fue el 6 de marzo del 2012. Un mes más tarde, después de otra puesta a cero de la médula de Mario, entraron en su cuerpo mis células madre.

Son días con muchas lagunas por mi parte. No sé si a los dos días de la donación, tras entrar en la habitación, la vena del cuello de Mario parecía que se le iba a salir, totalmente hinchada y latiendo fuertemente. Llamé a las enfermeras y sólo sé que me encontraba en la cama de Mario, camino de la UCI, en un pasillo que cada vez se me hacía más largo.

La placa que le hicieron no pintaba nada bien. Sin más, era todo blanco, los pulmones no se veían. Me dijeron que las próximas 24 horas serían críticas y que había que decidir si entubarlo o ponerle oxígeno con una máscara que abarcaba toda la cara e iba a presión, que es lo último que había salido. Me dijeron que llamase a mis hermanos para que estuvieran a mi lado. Le dije, entre lágrimas, a una prima que estaba conmigo: ¡Llama a mis hermanos por favor, que vengan, los necesito a mi lado!

Mario iba muy despacio. Los médicos decían que entubar era lo último. Remontaba poco con la nueva mascara. Yo les dije que hasta que no estuviera mi quimera no se le entubaba y, por fin, llegó la quimera. 98% de mí en el cuerpo de mi hijo, sí o sí, esta batalla la tenía que ganar yo. Mis células madre tenían que poder con las de mi hijo para que pudiera vivir. La familia nos fundimos en un abrazo eterno en medio de los pasillos de la UCI, entre sollozos, palabras de ánimo y fuerza.

La máscara que le cubría toda su cara iba haciendo su función, aunque cada vez que había que darle agua era un suplicio para ponérsela otra vez, ya que se asustaba con tanto ruido y por la presión que le hacía hasta que se colocaba bien. Pasaron los días, no sé cuántos. Mario iba subiendo su capacidad de oxígeno e iba mejorando. Durante su estancia en la UCI, le mandaron de su colegio montones de dibujos y palabras de ánimo de todos los de su quinta. Yo se los enseñaba para que viera por qué tenía que seguir luchando; sus amigos le estaban esperando. Mi familia hizo fotos de su cuarto, ya que hacía ya 4 meses que no volvíamos a casa y se las enseñaba: "Mario tu cuarto te está esperando, tus muñecos, tus juguetes, tienes que poder, tienes que tener fuerza."

Mario ya iba oxigenando mejor, todos estábamos muy contentos y Mario no pedía volver a casa, pedía dejar la UCI para volver a su habitación de hospital, de la zona de trasplantes, con sus enfermeras que se reía con ellas y se lo pasaba genial.

No sé si ya estábamos en la habitación o en la UCI, cuando llegó el resultado de la batalla de células en el cuerpo de Mario y las noticias no eran buenas. Los pocos linfocitos que le quedaron en su cuerpo y que fueron los que ganaron al donante alemán, también me ganaron la batalla a mí. Mario volvía a ser 100% Mario.

Mario llevaba en neutropenia desde la puesta a cero del primer trasplante. Teníamos que rezar para que no cogiera ninguna infección, ya que sólo tenía ciento cincuenta leucos. Le hicieron una nueva punción en su médula para ver si le quedaban progenitores suyos después de la puesta a cero.

Milagro, le quedaban muy poquitos pero le quedaban, seguimos DIA sí, DIA también con trasfusiones de sangre, plaquetas, mientras su médula no generaba y con montón de antibióticos en vena, con punciones, con vómitos, con dolores.

Una mañana entraron los médicos y nos dijeron que nos mandaban para Pamplona, por cercanía a nuestro pueblo. Ahí no se podía hacer más de lo que se había hecho.

Vuelta en Pamplona, sin parenteral y con la mitad de antibiótico. Pasaron dos semanas y Mario perdió en ese poco tiempo cerca de 10 kilos, sin la comida en vena y sin ingerir más que muy pocos alimentos. Estaba perdiendo por momentos.

El médico de Pamplona se reunió con el médico de trasplante de Madrid y nos dieron la noticia: "Vosotros elegís, se le quita toda la medicación a Mario y os vais a casa y a ver cómo evoluciona, o seguís aquí ingresados a ver qué pasa."

Nos lo llevamos a casa, de salir adelante sería en casa que es donde comería. Ya eran casi seis meses fuera de casa y a Mario le iba a dar fuerza. Día sí, día no, le llevábamos a Pamplona a recibir trasfusiones de sangre y plaquetas, medicación para hemoglobina, etc., Y Mario, poco a poco, fue cogiendo peso, su médula empezó a responder, cada vez se le distanciaban más las trasfusiones y, después de varios meses, ya no necesitó más trasfusiones.

Por muy mal que se pongan las cosas, nunca hay que perder la esperanza.

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