Nerea

"Todo empezó en febrero de este mismo año. Tenía una infección y tras varios tratamientos antibióticos recetados por mi doctora, la infección no solo no desaparecía sino que fue a peor, afectando a algunos ganglios que se me inflamaban cada vez más, provocándome un fuerte dolor. Además cada vez me notaba más cansada, más decaída y notaba que algo no iba bien en mi cuerpo. Siempre que me preguntan contesto lo mismo: yo sabía que tenía algún tipo de enfermedad grave -e intuía que podía ser cáncer- bastante antes del diagnóstico, mi cuerpo me lo estaba gritando.

Quizás por eso no me costó tanto reaccionar cuando el 29 de abril me dieron “el notición”. Tras una analítica de sangre que me habían hecho esa misma mañana, un reconocido doctor de mi pueblo llamó a mis padres para pedirles que fueran a hablar con él. Era mediodía y estábamos comiendo en casa tranquilamente. Yo acababa de llegar de la universidad. La cara de mis padres cuando llegaron de hablar con el doctor no hizo más que aumentar mis sospechas aunque ellos no me dijeron nada para no asustarme hasta que hubiera más pruebas. Por recomendación del doctor nos fuimos al hospital Virgen del Rocío de Sevilla, por urgencias, y allí estuvimos toda la tarde. Me hicieron más analíticas y me confirmaron la sospecha que ya había. Aún recuerdo perfectamente la sensación de estar en esa consulta, con mis padres y tres doctores. Uno de ellos se encargó de decirme con todo el tacto posible en su tono: “Tienes un cáncer en la sangre, no sabemos  aún si es leucemia o un linfoma, pero sabemos que es cáncer”. Sus palabras sonaban como en una especie de eco. No me sorprendían porque de alguna forma lo esperaba, pero aún así son palabras que tardan días en calar en tu mente. Mi mayor preocupación en esos momentos fueron mis padres. Sé que para ellos sí fue un auténtico shock recibir el diagnóstico. Ellos no estaban dentro de mi cuerpo como yo para intuirlo durante meses antes y pude ver en sus caras auténtico miedo.

Después del diagnóstico me pasaron directamente a observación, a unos sillones donde ya me pusieron una vía con hidratación y comenzaron con un tratamiento de corticoides. Esa noche estuve en ese sillón hasta las 4 de la mañana esperando una habitación donde iba a pasar casi un mes en aislamiento. Otra de las cosas más duras es dar la noticia a tus familiares. Para mí fue especialmente duro por mi hermana pequeña, de 17 años, a la que estoy muy unida y mis abuelos. Recuerdo también como gran parte de mi familia se reunió en la ventana que había junto a mi sillón en observación, en medio de la noche, y me acompañaron hasta que me asignaron una habitación. Pues bien, fue ahí, justo mientras estuve en ese sillón, cuando solo hacía unas pocas horas que me habían dado “la gran noticia”, cuando mi mente dio un giro de 180º. Por supuesto había llorado con mis padres, me había preguntado “¿por qué a mí? ¿por qué ahora, con 20 años?”, porque son preguntas normales y porque es algo realmente difícil de digerir. Sin embargo, cuando me trajeron la cena del hospital -una bandeja con una sopa de ave, tortilla con acelgas, ensalada y fruta- me di cuenta de que no estaba dispuesta a ser parte pasiva de mi enfermedad, no estaba dispuesta a esperar sentada en un sillón a que el tratamiento hiciera su efecto –tanto bueno como malo- sin más. Entonces yo, la persona más delicada para las comidas, que nunca comía verduras y apenas comía frutas, me comí esa tortilla con acelgas, la ensalada y la fruta. Y ya no lloré más, me dije a mí misma: “Conmigo no va a poder esto. Soy joven, fuerte, tengo una familia y amigos que me quieren y me apoyan al 100%, tengo que pensar en positivo para que todo salga bien”.

Durante el primer ingreso estuve 22 días en una habitación de aislamiento para proteger mis defensas. Los primeros días me hicieron pruebas que confirmaron que “mi bicho” particular se llamaba Leucemia y se apellidaba Linfoblástica Aguda. Bonito nombre, pensé. Mis doctores, un equipo de profesionales fantástico al igual que todas las enfermeras y enfermeros, auxiliares y limpiadoras de mi planta, me dijeron que iba a empezar un tratamiento con quimioterapia y, como a todo paciente de cáncer, me informaron de los posibles efectos secundarios. Unos de los peores para mí no fue la pérdida de cabello o las posibles nauseas, bajada de defensas, etc., sino el hecho de que quizás mis ovarios podrían verse dañados y quedarme estéril. Fue un golpe difícil de encajar porque ser madre es uno de mis grandes sueños pero decidí no pensar y sufrir por algo que solo era una posibilidad y que quedaba lejos en el tiempo, decidí centrarme en sanarme.

Durante el primer ingreso y primer ciclo de quimioterapia, a pesar de estar en una habitación de aislamiento con las ventanas selladas y tener poco espacio para moverme, lo intenté sobrellevar todo con toda la positividad, alegría y buen humor que pude encontrar. Además hice un choque de alimentación: eliminé azúcares, fritos y demás comida procesada y comí cinco piezas de fruta al día, mucha verdura, gazpacho andaluz de mi madre, bebí mucha agua e incluso empecé mi rutina de ejercicio andando una hora cada día por el corto pasillo de la zona de aislamiento. Todo esto lo hice porque me informé de cómo podía colaborar con mi cuerpo para sanar e intentar que la quimioterapia fuera cura pero no veneno. ¡Y me funcionó! He tenido la suerte de no tener vómitos, nauseas, ni grandes infecciones, mi pelo no ha llegado a caerse del todo, mi cuerpo ha resistido bien y tras el primer ciclo de tratamiento de quimioterapia, el aspirado de médula en junio dio como resultado “remisión completa con enfermedad residual negativa”. Tan solo mes y medio después del diagnóstico habíamos conseguido echar al “bicho” de mi médula. Tras eso he recibido varios ciclos de tratamiento de quimio para consolidar esos resultados, me han realizado dos aspirados más con el mismo resultado. Aunque he pasado un verano complicado, sin poder ir a la playa, a la piscina, tomar el sol, irme de vacaciones con mis amigas, salir de copas y todo lo que normalmente habría hecho con 20 años en verano, aunque he pasado días difíciles, un poco más decaída, he tenido algunas bajadas de defensas y demás, he contado con el mejor apoyo desde el principio que es el de mi familia y mis amigos y he mantenido una alimentación sana. He seguido con el ejercicio en la medida de lo posible y he intentado siempre mantener mi mente fuerte y positiva. Así que ahora estoy en mi último ingreso previsto para el último ciclo de consolidación, tras el cual me espera otro aspirado de médula y si todo sigue igual, pasaré a un tratamiento de mantenimiento más llevadero en el que no tendré que ingresar en el hospital y podré llevarlo desde casa con pastillas.

Mis palabras quiero que sirvan para concienciar a todas las personas que hayan sido diagnosticadas ahora o estén empezando el tratamiento de que se puede poner de tu parte, se puede ganar a ese bicho combinando los avances médicos con tu actitud, tu alimentación y apoyándote en los que más te quieren. Sobre todo hay que ver este proceso como un proceso de aprendizaje que te hace ver la vida de forma muy diferente, querer vivirla más plenamente y valorar lo realmente importante. ¡Se puede vencer! ¡Se puede vivir!"

Nerea Cardero, Sevilla

Webpage updated 04/08/2015 16:54:58