Noelia

Feliz inocencia

Me fascina la fuerza y valentía que todos tenemos cuando no sabemos realmente lo que nos pasa. Esa bonita inocencia que hace que amemos la vida y lo veamos todo color de rosa. ¿Qué fácil sería vivir en la inocencia verdad? Sin tener nada que nos preocupe, tan sólo vivir el momento sin importar el más allá... Pues a veces deberíamos volver a nuestra niñez y sacar aquella inocencia guardada en el cajón y ver las cosas de diferente manera. La vida me lo enseñó desde bien pequeñita.

Cuando tan sólo era un bebé de 11 meses enfermé de leucemia. Ahí, en realidad, quienes lucharon por sacarme adelante fueron mis padres y, como se suele decir en estos casos, no era mi hora; salí adelante. Pero pasaron los años y con 8 años recaí con la misma enfermedad. Un 25 de enero que jamás olvidaré, pues era mi cumpleaños.

Estábamos celebrándolo cuando empecé a encontrarme mal. Me dolía todo el cuerpo como si me hubieran dado una paliza. Tuvimos que despedir a todos mis amigos. Enseguida mis padres acudieron a mi y me empezó a subir tan rápido la fiebre que ya ellos veían que aquello no era normal. Seguido de aquello llegaron pruebas, pruebas y más pruebas. Nadie daba con lo que tenía. Yo sólo sabía que no podía andar bien y que de repente dejó de gustarme la gimnasia en el cole. Ya que sin saber por qué siempre quedaba última en todas las pruebas físicas. Mis padres, cansados de llevarme a médicos y de salir siempre sin resultados, decidieron volver donde anteriormente me habían tratado de pequeña; en el Hospital La Fe de Valencia. Fue ahí donde, al momento, detectaron que lo que yo tenía. Era una recaída. Nuevamente vino la leucemia a mi vida. 

Pero la inocencia hizo que lo viviera como el que enferma con un resfriado. Para mí todo era normal, puesto que ya estaba acostumbrada a vivir entre agujas, batas blancas, camillas, sueros… Eso para mí era como para cualquier otro niño sería ir a un parque a jugar, por eso no me sentía rara. Conocía a todo el equipo de médicos y enfermeros del hospital y yo era ya conocida. Recuerdo que contaba los días para volver. Ahí me trataban demasiado bien y me sentía como una reina. Cuando tocaba ponerse la sesión de quimio yo no pensaba en el dolor del pinchazo, ni siquiera en los vómitos y mareos de después. Tan sólo pensaba en que una vez puesta la medicación, si estaba bien de defensas, mis padres me paseaban por un parque de palomas y me llevaban a comprar jamón y queso (mi comida preferida). Eso me hacía tan feliz que olvidaba el dolor. Y si vomitaba estaba claro que le pedía de nuevo comida a mi madre porque yo sabía, más que de sobra, que debía comer para estar bien de defensas. Porque si no, no había otra salida al parque.

Y qué decir de lo que me gustaba que viniera a mi casa a recogerme una ambulancia. ¡Eso era lo más! Y ya si el chofer ponía un poquito la sirena alucinaba. Y ya cuando llegaba de ponerme la medicación era tanta la gente que me recibía que me sentía importante. Lo primero que hacia cuando llegaba era ir al buzón. Siempre estaba hasta los topes de cartas de mis amigos y profes del cole; era tanta la alegría que me daba que no pensaba ni de dónde acababa de venir. No me importaban los mareos, las angustias, los vómitos... No importaba nada.

Llegó el día en el que me tuvieron que rapar la cabeza porque era tanta la caída de pelo que tenía que no soportaba el picor y, sin más, una mañana al despertarme le dije a mi padre: Papá cortarme el pelo. No pensé en que me quedaría sin mi pelo largo, ni en el que dirán, no le eché ninguna cuenta y así fue. Mi padre me llevó al peluquero y de ahí salí súper contenta y tan sólo porque el peluquero me había regalado una gorra muy chula. Tengo también que decir que, entonces, no toda la gente me miraba bien pero yo ya me acostumbré. Para mí la gorra era una parte más de mí. Me hablaron de comprarme una peluca pero yo no quería. Ya estaba hecha a mi gorra y el resto no me importaba. Sin ir más lejos, una mañana después de ponerme la quimio, mi madre me llevó, como siempre hacía, a por mi jamón y queso. Paseando por el nuevo centro vi una diadema roja muy bonita y me empeñe en que la quería. Y no tuve otra idea que soltar la gorra y colocarme mi diadema. Mi madre la pobre me miraba y no sabía qué decir. Pero me la compró y salí nuevamente súper feliz.

Cuando tocaba pincharme en médula... ¡Puf! Mira que dolía... Pero siempre recordaba la primera vez que me pincharon y las palabras que me dijo mi padre: no te muevas y aguanta que, si no, te pincharán de nuevo. Esas palabras las grabé en mi cabeza y tan sólo le agarraba bien fuerte la mano a mi padre y parecía que me ayudaba a que el dolor fuera menos. Creo que de pinchazos sé un rato pero lo tomaba como una rutina e incluso los médicos me daban a elegir y me decían: ¿En qué zona quieres la próxima vez? Yo me ponía tan contenta porque me dolía menos la punción lumbar que la que me hacían en el esternón y sólo por el mero hecho de elegir la que menos me dolía, estaba feliz .

En el tema de comidas era lo más. Nos daban a elegir lo que quisiéramos y yo como lista elegía siempre gambas, solomillo, cosas bien buenas... La comida era imprescindible para salir adelante. A mí por suerte no se me quitaron las ganas de comer. Mis amigos del hospital no tuvieron tanta suerte. Yo entre cristaleras veía como se dejaban comidas súper ricas y no lograba entender por qué se las dejaban. Estábamos separados por unas cristaleras enormes y nos comunicábamos por ahí. Recuerdo a mi amigo Raúl y a mi amiga Marta, como de un día para otro dejaban de estar entre esas cristaleras. Por desgracia les había llegado su hora pero yo no caí en por qué ellos ya no estaban, tan sólo pensaba que ya estaban curados y que se habían marchado a casa con su gente. 

Fueron pasando amigos y conforme pasaban se iban marchando; era algo increíble. Ahora entiendo por qué los médicos se colocaban frente a mis cristaleras cada vez que sacaban a algún amigo de su habitación. La verdad que es mejor siempre vivir en la inocencia pues te ayuda a tirar hacia delante sin necesidad de saber la realidad. Hoy por hoy puedo decir que he ganado a esta enfermedad 2 veces y un buen consejo ante esto es que siempre se tengan ganas de vivir y luchar. El estado de ánimo mueve montañas y tirar la toalla aquí está prohibido. Vivid la vida siempre con una buena sonrisa y no olvidéis sacar en algún momento de vuestra vida la inocencia.

Webpage updated 08/12/2016 12:12:47