Núria

Me llamaba Núria y tenía 23 años. Hacía días que me sentía muy cansada, pero estaba estudiando mucho: era normal. Días después de empezar a sentir los latidos de mi corazón retumbando en la cabeza y de que mis encías sangraran constantemente, resbalé por las escaleras y mi espalda, de un pequeño golpe, se puso completamente azul. Después de un fatídico análisis de sangre, de una ambulancia y de muchos fallidos y dolorosos pinchazos en el esternón, me diagnosticaron leucemia promielocítica aguda (M3), una rara variedad que los médicos apodaban como “galopante”, así, en cariñoso.

Iba todo muy deprisa y, según les dijeron a mis padres en ese momento, las posibilidades de sobrevivir eran mínimas. Golpe duro. Muy duro. Demasiado para una niña-mujer de 23 años que soñaba con una vida larga, muy larga. Y, sin ninguna esperanza, mientras esperaba mis últimos días en el hospital, uno de esos días postreros mis pulmones se encharcaron y mientras moría poco a poco pero rápidamente, perdiendo la poca consciencia y respiración que me quedaba, el personal de planta me consiguió una habitación en la UCI. Pasaron nueve largos días de soledad entre tubos, amables enfermeras y máquinas que te enseñaban a respirar de nuevo. Tomé consciencia de mi situación y me agarré a la nada para sacar fuerzas y afrontar lo que venía. Que era todo lo que tenía. Después me puse en manos de los médicos y de un tratamiento experimental con ácido transretinoico, que más adelante iba a salvar muchas más vidas, además de la mía propia.  Vomité, pero también me alimenté. Me cayó el peló, pero resurgió rizado y fuerte.  Y mi vida, inexplicablemente, siguió.

Han pasado casi 18 años de remisión completa. Lo que tenía muy mal pronóstico al final quedó -gracias al tratamiento y a un marcador genético que indicaba mis posibilidades de no-recaída-, en 3 meses de intensas vivencias en el hospital Durán y Reynals –mientras conocía, y a veces perdía, compañeros de  planta y fatigas-. Congelaron parte de mi médula pero al final nunca me la tuvieron que trasplantar.

Hoy sigo llamándome Núria pero a veces me llaman Nuriet. Tengo casi 42 años pero este verano cumplo 18 de que volví a nacer. Y estoy sumamente agradecida de haber vivido 3 meses en el presente más absoluto. Reconsiderando la maravillosa oportunidad de vivir. Renaciendo de las cenizas para ahora compartir mi historia. Y sumamente agradecida por compartir este sentimiento de amor por la vida con todos los que estuvieron, están y estarán en mi misma situación, aunque no nos lleguemos a cruzar nunca físicamente.  Sé que conmigo estáis.

Creedme, se puede.

Webpage updated 08/12/2016 12:12:47