Rubén

22/03/2016. Mi nombre es Rubén y tengo 40 años. En marzo de 2015 me diagnosticaron leucemia, LMA M4. Cogí anginas, fui al hospital y me mandaron medicación pero, a la semana, mi situación no había mejorado. Tenía fiebre, mareos, estaba amarillo y mi garganta no paraba de sangrar.

Me dejaron internado en el hospital y después de unos análisis me diagnosticaron leucemia. Entonces tenía 39 años, tenía un hijo de cinco, justo había cambiado de empleo y estaba con muchos proyectos. El mundo se me cayó encima, lloré como un bebé. Después tomé aire y me lo repetí miles de veces, y lo sigo haciendo: “Cáncer, no me vas a ganar.” Quería quedarme un tiempo más, no porque le pueda hacer falta a alguien más, pero quería disfrutar de mi hijo, de mi familia, un tiempo más.

Ya diagnosticado, me trasladan a un centro de mayor complejidad, donde inmediatamente comenzaron las quimios, biopsias, aprendí lo que es la neutropenia, los virus oportunistas, dolores, náuseas, diarreas, no controlar esfínteres, neumonía… En fin, todo lo que uno puede pillar cuando no se tienen plaquetas ni glóbulos, pero siempre salí bien. Algunos de mis órganos sufrieron daños pero hoy están recuperados. 

En septiembre me hicieron un trasplante haploidéntico de mi hermana. Hoy estoy bastante bien, inmunosuprimido y con los cuidados correspondientes, pero la médula de mi hermana funciona muy bien. Uno quisiera que la recuperación fuera más rápida, quisiera ser el de antes pero, poco a poco, siento que vuelvo a la normalidad. Al enfermarme pesaba 130 kg, hoy peso 75 kg. 

Mis pilares: mi madre (una leona cuidando un cachorro aunque bastante adulto), mi padre desde el cielo, mi hermana con su médula, mi señora apoyando, amigos, familiares, conocidos, compañeros donando sangre, todo el personal de salud… Sin ellos no podría haber llegado hasta acá. Y, por supuesto, mi gran motor: ¡mi hijo! 

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