Margarita

Ahora hace justo un año que comenzó todo y todo ya está pasado. No quiero decir que sea como si no hubiera pasado nada, porque parece que haya envejecido diez años de golpe. Pero aún y así, a veces dudo si es a mí a quien le ha pasado.

Nunca había tenido una enfermedad grave y siempre había sido muy sana hasta que, hace aproximadamente un año, empecé a sentir dolores en diversas zonas del cuerpo y el médico de familia me decía que era cosa de la edad. Tenía 62 años y lo más fácil era pensar que se trataba de artrosis.

Los dolores no desaparecían con el tratamiento que me daban y decidimos investigar más por nuestra cuenta. El médico me pidió una resonancia magnética y cuando fui a recoger los resultados me dijeron que era urgente una cita con el médico. Era el mes de agosto y el médico estaba de vacaciones. Se me cayó el mundo encima. Avisé a una de mis hijas y fuimos a urgencias con el informe que no me atreví a leer hasta pasados muchos meses. Mi hija sí que lo leyó y no lo entendió demasiado, aunque ya veía que no sería nada bueno. Era viernes y fue el peor fin de semana de nuestra vida. Pensaba que me iba. Me despedía de todo.

Con mucha angustia y pocos ánimos, continuamos con las pruebas y el diagnóstico fue claro: mieloma múltiple. Con el diagnóstico volvimos al médico de familia, quien también estaba de vacaciones. Tuvimos la suerte de que había un médico sustituto a quien apreciamos mucho. En esos momentos nos calmó, ya que nos dijo que actualmente existen tratamientos y muy buenos. Volvimos a coger el coraje que siempre nos ha caracterizado y a enfilar el camino. Y a partir de aquí todo fueron buenas noticias.

En una semana nos visitamos con la Dra. Leyre Bento, hematóloga del Hospital Universitario de Son Espases y en dos empecé con el tratamiento de quimioterapia. Es decir, en menos de un mes pasé de ser una persona que se creía totalmente sana a tener diagnosticada una enfermedad onco-hematológica y estar recibiendo quimioterapia.

Recibí tres ciclos de quimioterapia ambulatoria, dos veces cada semana durante aproximadamente tres meses. No tuve muchos efectos secundarios importantes (aunque sí alteraciones y molestias diversas. No se me cayó el pelo.

He de decir que antes de recibir el tratamiento, la palabra “quimioterapia” y todo lo que lo rodeaba me espantaba pero también os he de decir que no es para tanto. El hospital de día no fue tan horrible como me había imaginado, sino bastante acogedor no sólo por el aspecto sino porque estaba lleno de profesionales de un trato exquisito hacia el paciente.

En dos ciclos ya había reducido un 90% de la proteína marcadora de la enfermedad. No alegramos mucho. Al final del tercer ciclo, ya tenía los niveles de proteína marcadora que puede tener cualquier persona sin mieloma y me sometí a un proceso de aféresis para recoger las células madre que serviría para el posterior trasplante autólogo de médula ósea unas semanas después.

A principios de enero, ingresé para el trasplante. Fueron días duros por muchos de los efectos secundarios de la quimioterapia de acondicionamiento previa al trasplante y el hecho de estar sin defensas y aislada en una habitación muy pequeña, donde sólo podía haber una persona conmigo y protegida con bata, mascarilla y peucos. Fueron días tan duros que pensaba que me tenía que someter a un trasplante, prefería morirme.

Cuando ya comenzaban a pasar los efectos de la quimioterapia, comenzó una fase que no hace daño que me resultó durísima: la pérdida de cabello. Me vi obligada a raparme el pelo al cero en la habitación del hospital. No quería pero los médicos y demás personal sanitario me obligaron por higiene, ya que el pelo se me estaba cayendo y había pelo por todas partes.

Las defensas también cayeron a cero y tuvimos que extremar aún más las precauciones por parte de los que entraban en la habitación, no fuese que me contagiasen algún microbio. Una infección que normalmente ni nos impide hacer vida normal, en estas condiciones, puede ser mortal. En unos días las defensas empezaron a subir hasta restablecer unos niveles aceptables y nos fuimos a casa.

Al principio estaba muy débil y tenía que irme a la cama antes de que fuera hora de ir a dormir. Poco a poco me fui recuperando. El pelo me volvió a salir y como siempre lo he llevado corto, casi ni se nota.

Ahora ya ha pasado casi un año desde el diagnóstico y me encuentro totalmente recuperada. Incluso creo que volvería a pasar por un trasplante si fuese necesario.

Hago vida normal y tengo más ganas de vivir que nunca. Sé que pueden llegar recaídas porque, a día de hoy, mi enfermedad no se puede curar. El mieloma, sin embargo, se cronifica y la calidad de vida que tengo es bastante buena. Sólo tengo el esqueleto dañado a causa del mieloma, y me canso más que antes. Pero como dice una de mis hijas: “tampoco he de ir a hacer puenting”. Saboreamos cada segundo de la vida más que nunca. Y mi plan de futuro es seguir haciéndolo.

No sería justo acabar esta historia sin mencionar a la persona que ha hecho que este camino no fuese ni la mitad de duro de lo que podría haber sido: la Dra. Bento. Es una gran profesional y tiene una calidad humana indescriptible.

Si os han diagnosticado mieloma múltiple no os desesperéis. Actualmente el cáncer no es sinónimo de muerte. Poneos en manos de buenos profesionales y dejaros llevar. No pidáis demasiado. Igualmente se ha de ir haciendo lo que toca y ya os lo iréis encontrando.

Página web actualizada 08/04/2015 16:54:58