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Cristina

Tenía 18 años cuando me apareció un bulto en el cuello y me acuerdo como si fuera hoy que nos reíamos mis compañeros de la universidad y yo ya que pensábamos que era algo sin importancia.

Después de la primera visita al médico esas risas se acabaron porque noté en todas las miradas de médicos y enfermeras que algo serio pasaba. Me hablaban de un tratamiento que iba a tener que recibir que no tenía nada claro en que consistía y tampoco me lo terminaban de explicar.

Llegó el día de la explicación: tienes un linfoma de Hodgkin, recibirás quimioterapia radioterapia que para mí en ese momento se podía resumir en se te caerá el pelo y tendrás un gran malestar durante los días que dure cada sesión. Así que así empecé con los ciclos y lo llevé lo mejor que pude. La quimioterapia fue dura, me hacía vomitar mucho y me dejaba sin fuerzas. En cambio, la radioterapia fue mucho mejor. Lo único que mi padre tenía que hacer 160 km todos los días después de trabajar para llevarme al hospital, ya que en el pueblo esos tratamientos no los hacían.

Dos años después de acabar el tratamiento y estando en remisión completa, un día me volvieron a aparecer bultos en el cuello. Esta vez eran más pequeños y no lo quise relacionar. Claro, que en el hospital cuando comentaba mis antecedentes no dudaron en volverme a mandar al hematólogo y hacer pruebas. Y efectivamente, no me quería terminar de creer, pero la enfermedad se había reproducido otra vez. Ahí fue cuando se me cayó el mundo encima. Tenía que empezar de nuevo, otro tratamiento diferente y al ser segunda vez, aunque el pronóstico seguía siendo esperanzador, ya era más complicado que la primera vez. Además, mi padre hacía unos meses que nos había dejado y ya no estaba con nosotros para poder acompañarme.

Pero no quedaba otra que seguir adelante y para ello estaban allí mi madre y mi hermana, para no dejarme ni un momento sola. Nos tuvimos que trasladar de ciudad e hicieron todo lo posible para que yo me sintiera cómoda en el nuevo sitio. No dejaron de preocuparse por los tratamientos y la atención médica que recibía y removieron Roma con Santiago para consultar segundas opiniones de médicos y asegurarnos que todo iba por el buen camino.

Esta vez, el tratamiento a recibir era más largo y complicado, ya que después de la quimioterapia y la radioterapia estaba previsto realizar un autotransplante de médula. Ahí hubo una serie de contratiempos, ya que después de varios intentos, no era posible conseguir sacar mis células para el autotrasplante.  Entonces los médicos comenzaron a buscar alternativas y me realizaron pruebas para buscar un donante de médula. La búsqueda fue fallida, no se encontró a nadie y se planteó la posibilidad de hacer el trasplante con un donante de cordón umbilical. Debido al riesgo que esto suponía y aconsejados por un médico muy bueno y con mucha experiencia en el tema, volvimos a intentar en otro hospital el autotransplante y esta vez, por fin, consiguieron sacar células mías.

 

 

La última parte del autotrasplante fue dura, ya que fueron dos meses aislada en la habitación del hospital. Mi madre decidió hacerme compañía esos dos meses y los pasó aislada conmigo. Así que hubo tiempo para todo: para compartir los postres que me traían (sobre todo las natillas), anécdotas y para compartir la noticia de que ya había terminado todo y me podía ir a casa.

Esta historia tiene un final feliz, ya que, tras todo esto, pude acabar la carrera, comenzar a trabajar y formar una familia. Volví a disfrutar de la vida compartiéndola con mi amigo, compañero y el que es ahora mi marido. Una calurosa noche de verano, volvimos al hospital, esta vez para que, al alba, naciera nuestra pequeña.

Ya han pasado muchos años de todo aquello y hay que quedarse con lo positivo, lo que aprendes de cada experiencia y el recuerdo de todas las personas que me ayudaron y estuvieron conmigo esos momentos. No olvidaré nunca las llamadas de mis amigos, las visitas, siempre con juegos preparados para pasar la tarde, las horas hablando por el chat, las canciones y las partidas de juegos por Internet. Gracias a todos ellos, gracias a todo el personal médico que siempre me trató con tanto cariño y, sobre todo, gracias a mi familia por estar siempre conmigo.

Animo a toda la gente que tenga la posibilidad a hacerse donante de médula que lo haga, ya que no puede haber mayor recompensa que salvar una vida.

Webpage updated 07/26/2019 10:08:51